Yo no sé tener miedo en París. Es decir, he tenido mucho miedo en París, pero ese miedo no cuenta, porque es de ese que sólo tiene que ver conmigo misma. El otro, el miedo al exterior o a los otros, nunca lo he sentido aquí. Aquí me siento segura y libre: voy a donde quiero y a todas partes puedo llegar sin problemas. No me importa perderme porque tengo la seguridad de que siempre habrá un transporte que me lleve y si tengo que caminar no me preocupo porque sé que habrá banquetas, semáforos, iluminación, y gente, siempre más gente caminando y yendo a algún lugar. Nadie me mira, nadie me “chulea”, nadie me sigue para asaltarme o hacerme algo. Y si lo hacen… si me hicieran algo, siento que podría acercarme a la policía y levantar una denuncia, y siento que algo pasaría, que habría una respuesta, que me sentiría protegida. No sé si la realidad sea tan ideal como la imagino, seguramente no lo es porque hablo desde mi lugar privilegiado y mi suerte por no haber ten...
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Me acordaré de París
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De París recordaré que siempre estoy enferma. De gripa, de alergia, de espalda que duele. De estómago inquieto. También que siempre tengo culpa. Por desperdiciarlo. Por ver días completos pasar sin querer salir a verlo. Que es bonito. Muy bonito. Que muchas veces siento que debería aprovecharlo más y que no sé cómo. También me acordaré de que no lo entiendo. Que no entiendo su dinámica. Que no le pertenezco, que no me pertenece. Y también que mi propia rutina en él es torpe. Cansada. Que parece que siempre es solo una transición a otra cosa. Recordaré que me falta espacio para guardar mis cosas y para moverme. Que un cumpleaños amanecí llorando y otro me sentía mejor. Que pasé de caminar mucho, y enojada, a caminar menos, pero más tranquila. Que no estoy sola. Que aprendí a no estar sola. Me acordaré, creo, de que me siento ajena, diferente. De que no quise, al menos por un tiempo, conocer a su gente. Que no me interesaban. Que no los entiendo y no quería entenderlos....
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Puedo seguirme repitiendo al infinito. Total, siempre hay madrugadas como esta que siguen a un día lleno de evasión en el cual di prioridad a la bruma que me llena la cabeza. Quizá por eso no me dejo ir a la cama antes de desenredar los hilos que traigo adentro: tengo miedo de no dormir otra vez, de empezar a angustiarme y a compadecerme de mi pobre vida . Otra vez.
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En las mañanas me despierto con un sobresalto. Me doy cuenta que sigo dormida y vuelvo a dormir como nunca lo hacía antes. Por horas. Durante el día. Como si no fuera yo misma. Anoche soñé que un gato se comía a otro gato. Y que otro gato me quería comer a mi. Era otro gato, no el mismo. Y había millones de ellos. Yo los sacaba por la ventana y había más y más adentro de mi casa. A mi me gustan los gatos, pero esos no me gustaban nada. Me desperté llorando. Luego me dormí hasta el medio día. Me desperté y seguí llorando pero ya no por los gatos, sino por la calle, y por la casa y por todas partes.
La muerte de los peces
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Los peces mueren. Así, sin más, un día dejan de vivir mientras van nadando y moviendo la cola. O mientras están acostados en la arena del fondo del mar. Aquellos que se libraron de las redes. De las lombrices y las cañas. Mueren. Luego quedan flotando y las olas se los llevan a la orilla, a la playa, donde se quedan con la boca abierta junto a botellas de plástico vacías y pedazos de palmera. Ahí es donde en las mañanas los encuentran tirados los paseantes que quieren encontrarse a sí mismos, y también los que salen a correr y ejercitarse, y alguno que otro pescador. Nadie los recoge, porque ya saben todos que los zopilotes llegan a comérselos. Y luego nada, sus restos se secan con el sol, se hunden en la arena o se los lleva el mar otra vez. No pasa nada cuando muere un pez. Nadie se entristece, nadie llora. Nadie se escandaliza. Nadie se pregunta por qué habrá muerto. Nadie nada nunca. Nadie nunca nada.
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Así. Como en un sueño. O trance. O algo. Así. Dando vueltas por la ciudad que me encanta. Caminando horas. Literalmente. Horas. Sin ir a ningún lado porque no sabía a dónde ir y sólo quería callarme a mi misma. A la que viene adentro de mi y no se calla nunca. La que me juzga y no me entiende. Porque no entiende cómo soy. Cómo soy en verdad. Y luego miedo. Y luego risa. Y luego sueños. Y luego mucho sueño. Y mis tenis rotos, rotísimos. Hoy más que nunca supe que necesito sustituirlos. Y fui a comprarme unos nuevos y no encontré nada. Porque veía los escaparates y no veía nada. Es decir, veía, pero no veía. Llenar el tiempo. Llenar la cabeza. Sentarme. No puedo hacer nada. Soy así. Así fue.
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Siempre he sentido que soy de una torpeza emocional gigante, pero creo que sólo ahora pude encontrar ese adjetivo que lo define perfecto: torpe. Es como no entender y no saber nada de lo que pasa adentro de mi cabeza o -lo que sea- que es lo otro que no es la cabeza y que también está dentro. Y es así. No entender nada. No saber qué estoy sintiendo. No poder hablar nada, sobre todo no poder hablar nada, como si no hubiera nada. Pero está mal, porque hay mucho adentro que se queda atorado en el pecho y que sólo sale en forma de llanto idiota y torpe. Y enojo. Enojo por cosas que ni siquiera me enojan, pero que de repente toman el lugar de todo lo demás, porque es más fácil así. O porque sí. Y entonces qué. Drama desperdiciado. Lágrimas negras gastadas para nada. Lección no aprendida. Igual no podré explicarlo. Igual lo vuelvo a hacer mañana. Berrinche incomprensible. Problema no resuelto. Mierda.
Venado
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Para decir las cosas habría que saber qué decir y cómo decir. Pero a mi todo se me atora en algún lugar entre la panza y el pecho. Y no digo nada, ni siento nada. Y el tiempo sigue pasando y yo sigo sin sentir nada hasta que de repente todo se empieza a atropellar y me doy cuenta de que a mi alrededor hay gente que piensa y siente cosas y las dice. Y yo no. No digo nada. No siento aunque sienta y no me dé cuenta. Y miro. De repente, todo ya pasó. Y se acabó. Así, sin más.
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No quiero quejarme, pero es lo único que hago. De cómo soy, de cómo no soy, de por qué no hago una cosa o la otra, de por qué no entiendo una cosa o la otra, de por qué tengo tanto miedo. Son preguntas-queja que me hago todo el tiempo y que me ocupan todo el tiempo, no me dejan hacer ni ser lo que hago y soy cuando no estoy preocupándome por ellas. Ahora mismo ahí están. Escribo este post para ver si se quedan aquí, al menos un rato y me dejan trabajar en paz. Vivir. Ser tonta y feliz. Ya. Punto final. Gracias.
Notas
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The nineteenth-century statue topping the central column of Rossio is officially of Dom Pedro IV -after whom the square is named- though in fact it was cast originally as Emperor Maximilian of Mexico. The statue just happened to be in Lisbon en route from France to Mexico when news came through of Maximilian's assassination in 1867, and it was decided that since Maximilian would have no further use of it, it would do just as well for Dom Pedro. The statue is now the focus of a weekly flower market (Sat 7am-2pm). On the northwestern side of the square, there's a horseshoe-shaped entrance to Rossio station, a mock-Manueline complex with the train platforms an improbable escalator-ride above the street-level entrances. Hace unos días, varios, iba a prestar a una viajera la guía de viaje que compré y usé mucho cuando viví en Lisboa. Por razones que no vienen al caso aquí, la viajera no se llevó el libro y tampoco fue a Lisboa. Una lástima esto último, y para mi, lo primero me hi...
La quinta vuelta
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Llegar a correr 5 vueltas a la pista de tarkán se ha convertido en mi mini objetivo de las últimas semanas. La pista mide 400 metros, y la última semana logré correr 4 vueltas y 200 metros no sin acabar con un fuertísimo dolor de caballo y la cabeza dándome zumbidos. Los deportistas que me lean (no creo que sean muchos) pueden parar aquí y mover la cabeza en reprobación. No es nada lo que estoy corriendo ya lo sé. Pero para alguien que en sus 31 años no había corrido nada nunca, es algo. Algo y punto. Me preguntaron el otro día por qué correr. Una de las razones es la sola idea de que mi cuerpo me va a cobrar un día todas las horas que paso al día sentada sin mover los músculos. Y ya, cualquier ejercicio podría servir para eso. Pero correr siempre ha sido para mi algo odiado, algo "que nunca haría" porque me parece tonto, aburrido y -claro- dificilísimo. Aquí debo acotar que además yo no soy de esas personas que disfrutan el ejercicio. Yo sufro, y mientras lo hago estoy anh...
En un mundo mejor
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El sunday blues de hoy no tiene tanto que ver conmigo, aunque sí un poco porque sigue a una semana vacía, sin ganas, pero llena de la pregunta esa de siempre que me acosa y que ahora se hizo más grande y tal vez menos particular. Pero el punto es que de pronto todo el sinsentido que nos rodea (a todos) lo veo reflejado en gente y palabras que me rodean (a mi) de forma cotidiana. Cosas que parecen normales y que sin embargo me sorprenden, así, de repente. Y me asustan por su normalidad. Me lleno entonces de miedo y estoy triste. Enojada, también. Y poco articulada, como casi siempre, por lo que sólo atino a garabatear aquí los restos de mi domingo.
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De repente te dicen cosas. Cosas de esas que te hacen ver que mientes. No mentiras explícitas, ni intencionadas. Mentiras de vida, o de la vida. De cómo vives, de cómo te relacionas. Cosas insignificantes, mentiras que te dices a ti, pues. Formas de actuar. Formas de no actuar. A veces te lo dicen y te das cuenta. Ya lo sabías, claro, pero te das cuenta. Y sólo puedes pensar en que ojalá sea temporal, en que ojalá sólo mientas en eso, en que ojalá sólo digas una y no mil. Mentiras y vidas mentirosas hay muchas. Y no quieres. No quieres.
14% de energía
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Necesito que esta radio, la que generalmente me ayuda a escribir acá, deje de poner esos beats disco tan molestos. Necesito dolorcito, ritmo triste para escribir. Es uno de mis trucos. No funciona tan bien, eso es obvio, o por lo menos no me funciona tan frecuentemente. A veces ni lo oigo, ni lo quiero. Y es que normalmente, en mi cotidianidad, procuro no entender nada hasta que se oye un ritmo lento y me pongo a pensar. A escribir y a no entender, pero pensando. Porque tampoco es que resuelva nada, pero al menos dejo de sentirme que vivo en la irresponsabilidad de la ignorancia, o como sea. El punto es. Así. Si me escondo, no hay nada que hacer. Esperar. Y si me espero mucho, se me olvida todo y se acaba. Y si me encuentro, prefiero perderme otra vez, porque no entiendo nada.
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Claro. Yo, como pienso que el mundo gira alrededor mío, no me doy cuenta de los procesos ajenos. Hasta que me los echan encima como balde de agua fría. Y entonces me quedo inmóvil: sin saber qué hacer, ni qué querer, ni cómo arreglarle. No sabiendo siquiera si quiero arreglarle. No entendiendo nada de mi, y mucho menos del mundo de afuera. Parece broma, pero de repente no me entero ni siquiera de qué es lo que está mal. No sé por dónde empezar a pensar las cosas y me ahogo, en lo mismo. Absurdo. Insomnio absurdo.
Borrador guardado a las 19:12
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Tampoco es que quiera esconderme, o no decir nada. Pero no quiero luchar. Quiero ser normal y sólo eso. Sentir cosas. Llorar más y reírme desconsolada. Aferrarme de vez en cuando, salir corriendo o romper copas. Es más, quisiera aventarle una copa a alguien, o un plato. Quisiera estar así de enojada a veces. Hoy no, ni mañana tampoco. Sólo es algo que quisiera tener a veces en mi vida: Huídas, enojos, platos rotos. Eso es normal. ¿No? ¿O es más normal quedarse así? Oyendo la lluvia, escribiendo cosas que no entiendo, no haciendo nada.
Sol de invierno
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Que alguien me diga cómo funcionar cuando tengo tiempo de sobra. Por favor. O que alguien me diga cómo le hago para no levantarme de la cama temprano una mañana de sábado, bañarme, desayunar (pizza y café) y quedarme sentada mirando mi pared azul, bajo el sol que entra por mi techo y que no calienta nada. Sin saber qué voy hacer durante todo el día. Me afecta el hecho de haber estado tan ocupada estas últimas semanas y haber deseado tanto que llegara este momento que ahora no sé qué hacer. Claro, hay libros que he dejado a medias, miles de películas que no he visto, lugares que no conozco, etc. Es más, podría aprovechar para registrarme en el padrón electoral, conseguir mi acta de nacimiento y renovar mi pasaporte. Pero ésta, justo esta mañana de sábado seguirá estando vacía porque no tengo ganas de hacer nada de eso. Influye el hecho de que no tengo dinero -porque no recibo sueldo desde hace tres meses-, así que un montón de posibilidades se eliminan --no puedo salir de la ciu...
She's old enough to know better
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Es una tontería, pero yo, cuando siento que me trueno, lloro. Cuando siento que no puedo, lloro. Cuando tengo miedo, lloro. Y cuando no sé qué hacer lloro. Es una de las certezas de mi carácter, supongo. Llorar por todo. No lloro tanto. Es decir no lloro por mucho tiempo. Pero sí lloro fuerte, como niña. Como niña pequeña, quiero decir: sollozo, me emberrincho y busco culpables para todos mis males. No es algo malo. Me ayuda. Luego se me quita el llorar y busco la respuesta a la mejor pregunta del mundo: ¿qué es lo peor que puede pasar? Y entonces me calmo. Y me callo. Y puedo cenar a gusto oyendo la radio, como todos los días.
de libretas y fetiches
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Las libretas. Medianas, rayadas, pasta dura y con espiral para las cosas laborales y estudiantiles. Cosidas y más delgadas para las "cosas importantes". No ordinarias. No Scribe. No de cuadros, nunca de cuadros. Me encanta que se llenen, terminarme las hojas y que cada página quede llena, llena llena. ¿Y los demás? que tengan las libretas que quieran, pero después que no me pidan que piense diferente de ellos. Porque según la libreta, la pedrada. Según yo. Todos tienen una libreta para algo, o más de una. Y algunas son sexy. Las libretas y la forma en que escriben en ella. Mis fetiches. Un hombre guapísimo tenía un block. No una libreta, un block tamaño carta y rayado, sin pasta. Y cómo escribía: en ambos lados de la hoja pero conservando la dirección vertical de la lectura. Y las páginas llenas. Me encontré a mi misma no pudiendo dejar de ver cómo escribía, fascinada. Luego me sonrojé y me puse a dibujar palmeras en la esquina de las hojas de mi moleskine color vino y de ...